Una mirada a la pobreza que me rodea

8
May

Una mirada a la pobreza que me rodea

 

Yo suelo decir que yo estoy rodeada de un tipo de pobreza que -si bien también tiene relación con el dinero-, no es el peor de las situaciones que provocan. La pobreza está relacionada siempre con la injusticia social que divide el mundo, las naciones, los pueblos y a veces, incluso las familias.

Yo estoy rodeada de lo que decimos “marginación” o “exclusión”. Dos términos que ya hablan también de injusticia social, pero que hablan, sobre todo, de una palabra que el Papa Francisco ha puesto en circulación y que es muy fuerte, pero real: en el mundo y la sociedad del “descarte” hay personas que también parecen descartadas o que por una causa o por otra se descartan…

Las causas son muchas, pero se podrían resumir en la pérdida escalonada o rápida de valores y de condicionantes de la dignidad de la persona. Esto hace que los marginados o excluidos sean víctimas de ellos mismos por la droga, el alcohol o la delincuencia, restando al margen de todo lo que implica los valores de una sociedad. A menudo se ha producido esta marginación a causa de un descenso a consecuencia de la crisis, de la pérdida del trabajo o del empobrecimiento que de todo aquello se deriva. Pero en muchas ocasiones es causa de la pobreza y la marginación heredada de las familias en situación de riesgo que, carentes de los elementos fundamentales para la dignidad de la persona, de la educación o la salud, engendran la misma marginación que ellas han vivido.

Es por eso que este es el perfil de la gente a la que amo, acompaño y compadezco, desde su infancia hasta las últimas consecuencias de esta marginación: la cárcel, la drogadicción, las enfermedades mentales, el sin techo, la muerte…

La terrible consecuencia de este tipo de personas es que su perfil a menudo no encaja en ningún lugar. Salir de la cárcel, personas con estas características que, por las circunstancias que sean no tienen familia o es como si no la tuvieran, es un riesgo de una nueva caída, si no encontramos un apoyo de la sociedad. Este es para mí uno de los padecimientos con los que convivo: la impotencia ante situaciones que no dependen de un acompañamiento cuidadoso, si no encuentran respuestas adecuadas en la sociedad que a menudo rechaza este tipo de personas con las que la convivencia no es fácil y requieren una gran dosis de paciencia y un lugar adecuado para sus carencias.

Mi conclusión es siempre doble: no desanimarme ante las dificultades ni decir nunca “ésta será la última vez”. Y amar, amar, amar. Que por ello en catalán tenemos este verbo precioso para hablar del amor: amar es abrazar y valorar. Porque todo el mundo, por mucho que haya caído y descendido, merece ser valorado como lo que es: persona a imagen de Dios.

M. Victòria Molins

Responde