Una alianza entre las personas y la naturaleza para conseguir sociedades inclusivas

8
May

Una alianza entre las personas y la naturaleza para conseguir sociedades inclusivas

 

La humanidad se encuentra en un aprieto. Las diversas manifestaciones de la crisis civilizatoria – riesgo ecológico, dificultades para la reproducción social y profundización de las desigualdades –  están interconectadas y apuntan a encontronazo entre la civilización occidental y aquello que nos conforma como humanidad. Nos encontramos ante una situación de emergencia que amenaza la supervivencia digna de las mayorías sociales.

Hemos topado con los límites del planeta. Los territorios de los países empobrecidos, que han sido utilizados como mina y vertedero, también empiezan a dar síntomas de agotamiento, tanto en la disponibilidad de energía y de materiales como en el mantenimiento de los ciclos naturales.

Se suele decir que este deterioro ecológico ha sido el precio pagado para alcanzar el bienestar, pero nuestro mundo está plagado de contradicciones y desigualdades que ponen en cuestión esta idea.

Se ha agravado la situación de las poblaciones más empobrecidas que llevan décadas sufriendo esta guerra encubierta y los indicadores muestran cómo crece la distancia entre el Norte Global y el Sur Global.

Y las desigualdades también han crecido en las llamadas sociedades del bienestar: buena parte de la población se va hundiendo en la precariedad y la exclusión. Especialmente sangrante es la situación de las migrantes. Desposeídas de su derecho a permanecer y expulsadas de sus territorios, muchas personas emprenden el mismo viaje que las materias primas y los flujos de riqueza,  hasta que se topan con esas fronteras de la vergüenza, que permiten la entrada de los recursos expoliados y de los capitales pero no de quienes tratan de escapar de la miseria. Los que consiguen llegar viven señalados, sirviendo como  elemento de distracción de los problemas estructurales reales.

Millones de personas en paro y muchas personas empleadas pobres. El empleo, base sobre la que se construye en las sociedades occidentales el bienestar ya no es espacio de derechos sino generador de precariedad porque las propias condiciones laborales generan pobreza.

Los gobiernos capitalistas han tratado de facilitar la regeneración de las tasas de ganancia del capital desmantelando los servicios públicos. Buena parte de los mecanismos de protección pública desaparecen y son las familias quienes pasan a hacerse cargo de resolver la precariedad vital.

A muchos seres humanos sólo les queda el colchón familiar para tratar de eludir la exclusión. Y dentro de los hogares, en los que predominan las relaciones patriarcales y desiguales, son las mujeres las que en mayor medida cargan con las tareas que se dejan de cubrir con los recursos públicos. Son quienes cargan con el trabajo y las tensiones que se derivan de la resolución de las necesidades cotidianas en contextos de miseria y sufren en sus cuerpos la violencia de los conflictos.

Solo se podrá abordar esta crisis compleja  reorientando el metabolismo social, de forma que no se fuerce a las personas a competir absurdamente contra de aquello a lo que le deben la vida. Nos atrevemos a apuntar algunos principios básicos que son insoslayables en esta reorientación.

El primero,  es el inevitable decrecimiento de la esfera material de la economía. Se decrecerá materialmente por las buenas (de forma planificada, democrática y justa) o por las malas (a costa de que haya quien siga sosteniendo su estilo de vida material  a costa de la expulsión y precariedad otros muchos).

El segundo,  es el radical reparto de la riqueza y de las obligaciones. Luchar contra la exclusión es lo mismo que luchar contra la acumulación excesiva. Esta transición no será sencilla ni podrá ser realizada sin conflicto.  ¿Sería posible afrontar este cambio sin que los poderosos y ricos sientan que  las soluciones que permitan resolver la crisis civilizatoria amenazan su posición? ¿Pueden mantenerse los privilegios de las elites a la vez que se garantiza una vida decente a las mayorías y asegura la sostenibilidad ecológica?

Deberemos disputar la hegemonía económica (con el reto de diseñar un modelo productivo que se ajuste a la biocapacidad de la tierra y minimice todas las desigualdades), disputar la hegemonía política (para conseguir una organización democrática que sitúe en el centro una vida buena) y disputar de la hegemonía cultural.

Éste último terreno de disputa nos parece crucial. El sistema excluyente sólo se puede perpetuar porque cuenta con la complicidad inconsciente de las mayorías que han hecho suyas las nociones de progreso, riqueza, propiedad, libertad o jerarquía que son imprescindibles para el  mantenimiento del régimen.

Necesitamos rearmarnos culturalmente para poder disputar los otros ámbitos. Conseguir un movimiento que impulse, aliente y exija estos cambios es ya una cuestión de supervivencia y la educación puede jugar un importante papel.

Yayo Herrera

Directora General de FUHEM

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